Cara a cara

La importancia de la familia en el abordaje de los trastornos de la conducta alimentaria

La familia tiene un papel muy importante en la prevención, el tratamiento y la recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria. Cuando esta problemática entra en una casa, es fundamental el afecto y el apoyo de la familia a la persona afectada, pero también su firmeza en algunas situaciones que se pueden dar en el día a día. A menudo, puede ser muy complicado seguir las pautas alimentarias y conductuales propuestas con el equipo profesional, y el cansancio puede aparecer en un tratamiento que acostumbra a ser largo. A través del testigo de dos madres de chicas afectadas por un TCA, nos acercaremos a esta realidad y conoceremos algunas de las estrategias que han utilizado en casa para acompañar a sus hijas en este proceso.

¿Qué estrategias has utilizado para poder seguir de manera adecuada las pautas alimentarias y conductuales durante el tratamiento?

 

La rutina ayuda mucho en el día a día de toda la familia, y tienes que hacer lo posible para que la persona afectada entre dentro de esta rutina. En nuestro caso, intentábamos seguir siempre los mismos horarios, incluso los fines de semana, para evitar que, por ejemplo, se saltara la comida porque había desayunado tarde.

Teníamos que hacer seis comidas al día: desayuno, tentempié a media mañana, comida, merienda, tentempié a media tarde y cena. El tentempié (o «tente», como le llamábamos) podía ser un zumo, un café descafeinado con leche, una bebida o, incluso, habíamos llegado a comer golosinas. Esta rutina, que conocíamos nuestra hija y nosotros, se tenía que cumplir siempre y no era negociable, aunque al principio siempre lo intentara. A mí me ayudó mucho programar todas las comidas con antelación para poder cumplir las indicaciones que nos habían dado desde el centro. No podíamos hacer platos únicos, siempre teníamos que preparar primer plato, segundo plato con acompañamiento y postres. Por otro lado, siempre comía acompañada, y todos los que estábamos en la mesa comíamos lo mismo que ella, y así no podía comparar. No podía dejar nada en el plato, pero adaptábamos las cantidades razonables que podía comer, teniendo en cuenta que hacía seis comidas al día.

Montse Soriano Santaló
Sílvia Monge

En todo momento dimos cumplimiento a las indicaciones del personal sanitario de Itaka (Área de Salud Mental del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona), sin ninguna negociación posible con mi hija en relación a la comida, pues este trastorno te demuestra que te tienes que mantener firme en todo momento y no ceder como padres, por mucha lástima que sientas por tu hija y por la situación que sufre.

En casa, nos distribuíamos las funciones previas a la comida. Mi marido cocinaba siguiendo las indicaciones de los profesionales del hospital (la comida tenía que contener proteína, carbohidratos y vegetales) y yo me dedicaba a poner la mesa. Y nos trasladamos de la cocina al comedor para poder comer los tres juntos.  

Una vez teníamos preparados los platos de los tres en la cocina –importante destacar que toda la familia comíamos lo mismo, cosa que antes no era así–, los llevábamos al mismo tiempo a la mesa. No salía ningún plato antes que otro, para que mi hija no anticipara el momento de la comida. 

Después de comer, lo anotaba todo en una hoja de control que nos había facilitado el hospital. En definitiva, lo que me daba más seguridad era seguir en todo momento las indicaciones de los profesionales, sin cuestionarlas en ningún momento.

Cuando tu hija se ha negado a seguir las indicaciones terapéuticas, ¿que has hecho para no perder los nervios?

Al principio es difícil, porque todavía no tienes suficientes conocimientos del trastorno y te viene todo de nuevo. Después, ya comprendí que no era mi hija quien actuaba así, sino el «bicho», como le llamábamos en casa. Muchísima paciencia, intentar hablar, explicarle por qué teníamos que seguir las pautas –aunque a veces tenía la sensación de que hablaba con una pared– y contar hasta 10, 20, 30…e infinito. Y no ceder nunca, porque tenía claro que si bajaba la guardia, lo tenía perdido.

Lo dejaba estar cuando entrábamos en un bucle que no nos llevaba a ninguna parte, solo al desgaste emocional, y después volvía. Confiaba en que había momentos en los que que mi hija  me escuchaba, «el bicho» estaba ausente, y entendía todo lo que decíamos: que queríamos que fuera feliz y que, para conseguirlo, tenía que seguir las pautas de los profesionales para curarse. Aunque muchas veces no podía más y entraba mi marido, y así íbamos haciendo. 

También aprovechamos el rasgo de exigencia y perfeccionismo que caracteriza a las personas con TCA. Mi hija era, y es, tan disciplinada, que si le decían que tenía que seguir las pautas para tener más permisos, por ejemplo poder ir sola al centro (pequeños hitos que se les ponían para motivar), ella lo hacía al pie de la letra casi siempre.

 

Montse Soriano Santaló
Sílvia Monge

Cuando estábamos en casa y se negaba a seguir las indicaciones terapéuticas, intentaba razonar con ella el porqué tenía que comer (más tarde me di cuenta que era imposible a causa del trastorno, puesto que quien hablaba no era mi hija), y el resultado, al principio, siempre era el mismo: acabábamos discutiendo. 

Para no continuar discutiendo con mi hija y no perder los nervios, pactamos con mi marido que lo mejor para los dos sería hacer relevos y no agotarnos los dos a la vez. 

Entendí que no se podía razonar ni discutir, y, al final, me limité a seguir las indicaciones terapéuticas, y si no comía cuando estaba en casa los fines de semana, aplicábamos el protocolo  y la llevábamos a comer al hospital. 

Aun así, es imposible no perder los nervios ante un trastorno de la conducta alimentaria.

¿Por qué es importante no centrarlo todo en la alimentación? ¿Cómo se puede hacer?

 

La alimentación no lo es todo, también hay obsesiones, como por ejemplo el orden, perfeccionismo, el hecho de tener muchas ocupaciones para llenar todo el tiempo y así no pensar en un mismo ni conectar con los sentimientos, etc. Es difícil de trampear.

Recuerdo que mi hija siempre buscaba ocupaciones, le dio por aprender a coser, y era una obsesión, cada día cuando llegaba del centro se ponía delante de la máquina a coser, después fueron las manualidades, y así, un montón de actividades. Tuvimos que parar esta actividad tan frenética, para que aprendiera a no hacer nada y tuviera tiempo para pensar.

Salíamos mucho a pasear, pero con mucha tranquilidad para no hacer demasiado esfuerzo físico, no subíamos ni bajábamos escaleras, que era una de sus obsesiones, e intentábamos siempre que hiciera los tentes con los amigos, para socializar. Tuvimos la suerte que encontró mucho apoyo en su círculo de amistades.

Consiguió rebajar un poco el perfeccionismo, y trabajó en terapia la obsesión por el orden y la exigencia con un mismo y con los demás. También aprendió a ser más tolerante y flexible. Pero hay rasgos que todavía tiene porque son características de su personalidad, como por ejemplo el orden, pero de una manera sana.

Todo esto forma parte del trastorno, tanto o más que la alimentación, es el fondo que no se ve y que es más difícil y largo de curar.

Montse Soriano Santaló
Sílvia Monge

Centrarlo todo en la alimentación solo nos conduce a estar pensando siempre en el trastorno y a anticipar los momentos de angustia y estrés que suponen las comidas. Una persona que tiene un TCA se tiene que enfrentar a sus miedos cinco veces al día. 

Nosotros intentábamos salir de casa e ir al paseo marítimo a caminar (a un ritmo lento, claro está); otras veces, habíamos intentado pasear por un centro comercial e ir de tiendas, una actividad que fue un error, porque al ver ropa mi hija se ponía nerviosa. En otras ocasiones, intentábamos mirar una película o una serie juntas, y solo en una ocasión fuimos al cine. También alguna vez quedamos con la familia, y, en nuestro caso, quién nos ayudó mucho fue mi cuñada y mis sobrinos.

En aquella época, mi hija jugaba al baloncesto y tuvo que dejarlo durante toda una temporada. A medida que se iba recuperando quería volver a jugar, y en alguna ocasión fuimos a ver a su equipo, pero muy al final de todo el proceso, ya que este trastorno te acaba aislando.

Escuchar y expresar las emociones no siempre es fácil. ¿Qué papel crees que juega la gestión emocional en el proceso terapéutico?

 

¡Lo es todo! Es importantísimo darles las herramientas para que conecten con ellas mismas y escuchen sus sentimientos. Sin este aprendizaje es difícil salir adelante. Hacer que crean en ellas, que acepten su cuerpo y cómo son; que se valoren y que su autoestima suba es lo más importante. También fomentar el espíritu crítico hacia la sociedad y todo lo que es falso.

Saber gestionar los sentimientos y mostrar cómo se sienten realmente, sin necesidad de fingir, les da seguridad y confianza. Todo este aprendizaje es largo y requiere un gran esfuerzo por parte de la persona afectada. Esta es la progresión que vi en mi hija durante cuatro años y medio de altibajos, pero al final lo consiguió, luchando.

Montse Soriano Santaló
Sílvia Monge

La gestión emocional es clave para la recuperación de la persona afectada. El tiempo pasa muy deprisa y siempre nos centramos en el trabajo, los estudios, las actividades extraescolares, etc. Y así pasan los días, sin dedicarnos tiempos a nosotros y a la familia, y sin expresar a las personas que queremos que pueden contar con nosotros.

Sin embargo, cuando entra un TCA en casa, se para el tiempo y se paraliza de golpe la familia. En nuestro caso, antes del TCA, no expresábamos a menudo nuestras emociones.

La terapia que hacíamos quincenalmente con familias de personas con algún trastorno de salud mental, no solo TCA, nos ayudó mucho a identificar en cada momento nuestras emociones y cómo expresarlas. En un inicio no entendía por qué nos teníamos que reunir todas las familias, pero al cabo de pocas sesiones, ya estaba deseando que llegara el martes de terapia, porque salía de la sesión con fuerzas para afrontar la situación de mi hija, y aprendí a conectar mejor con ella emocionalmente. Recuerdo como anécdota que al principio ella no quería hablar conmigo en terapia, de hecho, se sentaba junto a su padre y otras personas, e incluso tuvimos que hacer una sesión con los terapeutas sin el grupo.

En situaciones de estrés o ansiedad, ¿qué técnicas te han ido bien para tranquilizarte?

Cuando estaba muy  estresada intentaba aislarme saliendo fuera del entorno, paseando, hablando con gente que no estuviera relacionada con la situación; así desconectaba un poco y volvía con la mochila llena de aire fresco y con más paciencia. La angustia y la ansiedad son más difíciles de llevar. 

Tuve la suerte que con un grupo de madres del centro hospitalario conectamos muy bien y creamos un grupo de WhatsApp. En situaciones críticas hacíamos una llamada de socorro y todo el mundo respondía. Cuando alguna de nuestras hijas pasaba por instantes bajos y nos angustiábamos, siempre encontrábamos apoyo. Además, cada viernes quedábamos para hacer un café y hablábamos de todas nuestras preocupaciones y angustias. Era fácil explicarse sin tapujos con ellas, porque todas hablábamos de las mismas situaciones y lo podíamos entender sin alarmarnos. Si a una muy buena amiga que no sabía nada de los trastornos alimentarios le explicabas que tu hija se autolesionaba u otras situaciones que sucedían, no sabía cómo reaccionar; en cambio, en este grupo de madres, por experiencia propia, podíamos darnos consejos para gestionar algunas situaciones.

Poder hablar te ayuda mucho y te sientes acompañada en la larga carrera para la recuperación de tu hija.

Montse Soriano Santaló
Sílvia Monge

En situaciones de estrés o ansiedad no utilicé ninguna técnica para calmarme, puesto que, como madre de una chica con TCA, no dispones de tiempo para dedicarte a ti misma. En mi caso, viví el trastorno mental de mi hija con intensidad 24 horas al día, los siete días de la semana; incluso cuando mi hija estaba ingresada en el hospital, a pesar de que me daba tranquilidad porque la estaban tratando y significaba que se recuperaría, no podía dejar de pensar, no podía desconectar.  

No hice ejercicio físico, porque es una de las actividades que si la persona afectada se entera que estás haciendo, también quiere practicarla ella, y no podía por prescripción médica; ni tampoco practiqué la meditación ni ninguna otra técnica de relajación, puesto que no me podía concentrar en nada que no fuera el TCA. Es una época que, después de seis años, intento recordar poco –supongo que como mecanismo para sobrevivir–, aunque siempre está y estará presente en mi vida.

Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.
Publicación: 10 de Noviembre de 2022
Última modificación: 18 de Noviembre de 2022