Camil·la Sánchez Benítez. Coordinadora de secundaria de la Escola Daina Isard de Olesa de Montserrat

«El proceso de acompañar a una alumna con TCA ha sido un gran aprendizaje»

SOM Salud Mental 360
Redacción
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Camil·la Sánchez

¿Cómo supisteis que una de vuestras alumnas tenía una anorexia nerviosa? ¿Cuál fue la primera reacción desde la escuela?

«Fue la familia quien nos informó, en el segundo trimestre de primero de ESO del curso 2020-2021, que su hija tenía un trastorno de la conducta alimentaria, concretamente una anorexia nerviosa. Ella empezó a comer poco a la hora del patio y dejó de hacer uso del servicio de comedor al mediodía (porque así tenían más control desde casa), pero nosotros no detectamos el trastorno desde el centro. Académicamente, mejoró las notas, por su gran autoexigencia y autopresión, que cada vez iba en aumento. Desde aquel momento, la pérdida de peso empezó a ser muy alarmante y desde el centro empezamos a tener un contacto muy directo con el equipo de profesionales que la atenían, para poder ofrecerle el mejor acompañamiento posible.

Como claustro, sentimos un gran desconcierto cuando nos informaron que tenía este trastorno, y muchas ganas de ayudarla en una situación que no sabíamos cómo encarar. Intentábamos mantener la máxima normalidad con ella y darle todo el apoyo emocional, para que se sintiera querida y cómoda los días que venía a clase. Creo que al conocer la noticia no éramos conscientes de cómo evolucionaría la enfermedad. Afortunadamente, la mayoría de casos de TCA que nos encontramos en el centro tienen un buen pronóstico si están atendidos por un buen acompañamiento profesional. En este caso, la preocupación aumentó al ver que su estado no mejoraba, sino al contrario. Primero empezó haciendo terapia, después fue al hospital de día, y luego ya llegaron los ingresos largos en el Hospital Sant Joan de Déu Barcelona e, incluso, dejó de venir algunos meses. La preocupación era elevada y desde el centro intentamos formarnos para que su vuelta a la escuela fuera lo mejor posible».

¿Identificasteis alguna señal previa que os hiciera sospechar que tenía un trastorno de la conducta alimentaria?

«Se trata de una alumna muy sensible, con una autoestima muy frágil y muy autoexigente. Durante el primer trimestre de primero de la ESO, que fue cuando empezó más o menos con su trastorno, detectamos que se encontraba en un momento emocional convulso, y su extrema sensibilidad hacía que se sintiera vulnerable. Tenía también una letra extremadamente minúscula y presentaba los trabajos con una perfección extrema de la cual nunca estaba satisfecha. Aun así, en ningún caso detectamos que pudiera tener un TCA».

A partir de entonces, ¿cómo abordasteis el tema con ella?

«El TCA avanzó muy deprisa. Cuando estuvo ingresada, nuestra comunicación con ella era solo a través de los correos electrónicos. Una vez volvió a la escuela, desde el Hospital nos recomendaron que mantuviéramos una relación con ella más allá de la enfermedad, porque era importante que se sintiera como una alumna más. Sí que teníamos que estar alerta y trasladar al hospital cualquier señal o sospecha».

¿Y con la familia?

«Con la familia hemos tenido desde el primer momento un contacto muy frecuente. Los tutores se han comunicado casi semanalmente con la familia para conocer su estado e intentar acompañarla de la mejor manera posible. Una situación así para un padre o una madre es muy dura. Hemos vivido tutorías muy intensas, tristes y complicadas. Hemos tenido mucha suerte también con la familia, porque hemos sentido que nos ha acompañado en todo momento y que, día tras día, nos ha dado una lección de vida y de valentía. Ante esto, tienes que sacar fuerzas para ayudar, sea como sea, desde tu parcela».

¿Compartisteis esta información con el resto de la clase? ¿Hicisteis alguna dinámica diferente o tratasteis los TCA en el aula?

«Cuando recibimos la noticia, informamos a los compañeros y compañeras que estaría un tiempo sin venir al centro por motivos de salud. Fuimos discretos con la información por un tema de confidencialidad. Pero en primero de la ESO hubo un momento en clase que, sin saber muy bien qué le pasaba, pero con las noticias que corrían, los chicos y chicas estaban muy preocupados y pensaban lo peor. Así que decidimos que era necesario, acordándolo previamente con la familia, compartir en el aula cuál era la situación real de su compañera. El alumnado, con mucha curiosidad sobre el tema, hizo muchas preguntas. Acompañamos la explicación con un poco de «formación» sobre los TCA. La comunicación se hizo desde tutoría con la ayuda del Departamento de Orientación y Apoyo de la escuela, que aportó una visión más profesional sobre el tema.

En este sentido, los compañeros y compañeras de clase le han hecho un acompañamiento con una madurez increíble para chicos y chicas de 12 a 14 años. Han entendido sus reacciones, la han acogido y han estado a su lado, respetando que a veces le hacía falta distancia. Y seguro que también les ha servido, como a nosotros, para crecer un poco más».

¿Cómo os coordinasteis con el hospital para que la alumna pudiera continuar los estudios?

«Las personas que hemos tenido la suerte de comunicarnos con los profesionales que trabajan en el Hospital Sant Joan de Déu Barcelona valoramos esta coordinación como una de las experiencias de aprendizaje más enriquecedoras, tanto en el ámbito profesional como en el personal.

Estela Valdivia, que era su profesora en el hospital, nos hizo un acompañamiento brillante en todos los aspectos, tanto en el ámbito académico como emocional. Nos comunicábamos con ella a través de llamadas, videollamadas y correo electrónico, y, como la situación era muy cambiante, lo hacíamos casi diariamente o semanalmente para ver cuál era la mejor manera para que pudiera seguir el curso.

La alumna empezó cursando las materias instrumentales en el aula hospitalaria y, después, poco a poco, añadimos el resto de materias. Al principio eran actividades muy competenciales, que lentamente fueron adquiriendo otras dimensiones. Compactábamos las tareas en una parrilla y en unas carpetas compartidas online, donde ella iba marcando qué hacía y que no, y de este modo podíamos hacer también un seguimiento y un retorno desde el centro.

Era muy importante mantener una comunicación muy fluida en ambas direcciones, para no exigirle más de la cuenta, pero a la vez evitar que perdiera el curso o que sintiera que lo estaba perdiendo».

 

¿Qué dificultades te has encontrado en este proceso? ¿Qué ha sido lo más difícil?

«Cuando estaba ingresada en el hospital, era importante tener una constancia en el trabajo que le proponíamos y en el retorno que le hacíamos de las tareas, para evitar su desmotivación.

Desde la escuela pensábamos que era crucial que encontrara el sentido en todo aquello que estaba haciendo, para motivarla y hacerle tener ganas de seguir adelante, que no tirara la toalla, ni la de los estudios ni la de las ganas de curarse. Esto comportaba horas de trabajo y una gran implicación de todo el claustro. Representó un gran volumen de trabajo, pero en ningún caso no fue lo más difícil. Lo más difícil fue la vuelta al centro».

¿Por qué? ¿Cómo fue esta vuelta a la escuela?

«Cuando volvió a la escuela todavía se encontraba en un momento muy complejo de su enfermedad. El primer día que vino a clase fuimos conscientes de su gravedad. Afortunadamente, habíamos recibido instrucciones muy claras desde el Hospital sobre qué hacer en muchas de las situaciones que se podían dar: si se autolesionaba, si pedía ir al lavabo, si se angustiaba… También hablamos previamente sobre el tema con el alumnado, para que estuvieran preparados. En ningún caso queríamos responsabilizarlos de la situación. Y esto queríamos que lo tuvieran claro. Conocíamos la teoría, pero no sabíamos si seríamos capaces de ponerla en práctica.

Era difícil también, porque ella ha sido siempre una alumna ejemplar. Antes de la enfermedad, nunca le teníamos que decir qué no tenía que hacer, porque siempre tenía un comportamiento fantástico. Ahora nos encontrábamos en la situación de tener que decirle que «no» a algunas cosas, y nos costaba mucho hacerlo. Por ejemplo, durante las primeras semanas en la escuela, nunca se sentaba en la silla, siempre estaba de pie. A pesar de que la pusiéramos en primera fila, ella siempre se quedaba de pie, aunque impidiera la visibilidad de sus compañeros y compañeras. Para decirle que se sentara, teníamos que ser contundentes, porque si no, a la mínima, se volvía a levantar.

Estela (maestra de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona) nos dio un consejo que nos ha servido muchísimo para acompañarla en todo este proceso, al cual nos cogemos cada vez que le tenemos que decir a algo con contundencia. Nos dijo que ella tenía dos personas dentro, una era la persona que conocíamos y que conocemos y la otra era su enfermedad. La persona-enfermedad gobernaba la persona real. y, a pesar de que ella quisiera hacer algunas cosas con todas sus fuerzas, como por ejemplo sentarse, la enfermedad no se lo dejaba hacer.

Saber que reaccionábamos con contundencia con la enfermedad y no con ella nos ayudó muchísimo a saber cómo actuar y a tener la valentía de hacerlo. Parece una tontería, pero para nosotros ha sido una de las lecciones más importantes en todo esto. Decir «esto no lo puedes hacer» a la enfermedad a través de ella ha sido nuestra manera de ayudarla para que ella también le pudiera hacer frente y decirle que no.

Otra de las cosas más difíciles para nosotros ha sido saber cuál era la mejor manera de acompañar a la familia».

Seguramente para ti este proceso de acompañamiento también ha sido un gran aprendizaje...

«Sí, ha sido un aprendizaje personal y profesional muy grande. Seguramente nuestra alumna nos ha enseñado mucho más a nosotros que nosotros a ella. Los docentes hemos hecho también un trabajo personal y ha sido una lección de vida, acompañados por la familia y por las profesionales.

Nos ha servido también para aprender que en el acompañamiento de estas enfermedades, a pesar de la buena intención, a menudo nos podemos equivocar. A veces, por desconocimiento, por falta de recursos, por atrevimiento o incluso por prudencia, se generan situaciones complejas en las que te puedes equivocar con toda la buena fe. Un comentario como por ejemplo «ostras, estás muy guapa» puede ser un gran error.  Y entonces, lo que queda es rectificar y saber que la próxima vez lo harás mejor, como un gran aprendizaje».

¿Crees que los maestros tenéis suficiente formación e información para poder detectar casos de TCA en el aula?

«Personalmente, creo que los docentes tenemos muy poca formación e información de los casos de TCA y, en general, de salud mental. El alumnado pasa muchas horas en la escuela, a menudo muchas más que en casa, y es importante que estemos preparados y preparadas para todas estas situaciones.

Pienso que antiguamente la escuela era el espacio donde exclusivamente se transmitía conocimiento; la información solo era propiedad de algunas personas y las escuelas eran el lugar donde trasladarla al alumnado. Ahora, la información está en todas partes, está en Internet, en los libros, etc. Y la escuela tiene otra dimensión, es un espacio donde aprender, pero también un espacio dónde motivar, dónde aprender a convivir en comunidad, dónde trabajarse y entenderse uno mismo. Y los docentes tenemos que estar preparados para este cambio de paradigma y tener herramientas para abordarlo de la mejor manera posible.

Evidentemente, no podemos ser «profesionales de todo», no podemos exigir que una persona sepa hacerlo todo, pero por eso es muy importante la red, vincular varios entornos para aprender unos de otros sin sobrepasar las capacidades de las personas».

 

¿Cuál crees que es el papel que tenéis los docentes en el ámbito de la prevención y la detección de los TCA en las escuelas?

«Creo que los docentes no podemos saber de todo, pero sí que tenemos que estar preparados y preparadas para escucharlo todo y para saber, como mínimo, de qué se nos habla y mostrar interés real en aquello que se nos dice.

Me resulta sencillo explicarlo con un ejemplo en términos de sexualidad. Cuando un alumno o alumna se atreve a venir a un docente y compartir alguna información en relación con su orientación sexual, por ejemplo cuando nos dice «creo que soy gay», es importante primero agradecerle la confianza por explicarnos una cosa personal, y que el alumno detecte que normalizas lo que te explica y que se sienta acompañado, y para ello es importante que el docente sepa qué quiere decir que una persona sea gay o mostrar interés para saberlo en aquel momento (si es que no lo sabe).

Con la salud mental creo que tendría que ser también así. Es básico que conozcamos las diversas situaciones que se pueden dar o, si no puede ser así porque no podemos estar al día de todo, que sepamos a qué puerta podemos llamar para recibir asesoramiento. Esto ayudaría quizás a detectar casos más rápidamente y a poder actuar con más celeridad para evitar que se compliquen».

¿Piensas que falta más prevención de los TCA en las escuelas?

«La prevención siempre es una de las herramientas más importantes, sobre todo en la salud mental. Tener la información y más conocimiento ayuda a tomar decisiones con más criterio o a poder ayudar con más entereza y equilibrio. Todo el mundo entiende qué es romperse una pierna, pero hay un gran desconocimiento sobre la salud mental. Creo que esto es un hecho evidente, y no es por falta de voluntad, sino porque hay temas poco normalizados que, por suerte, poco a poco se normalizan.

Creo que esta prevención, aun así, también tiene que hacerse en casa. Falta más prevención en las escuelas, pero también más prevención y formación en las familias. Escuela, familia y alumnado es un triángulo clave en la educación».

¿Crees que ha incrementado entre los jóvenes la falta de autoestima, la preocupación por la imagen, etc.? ¿Por qué crees que es así?

«Creo con mucha firmeza que todos estos aspectos han incrementado entre la juventud. Durante la infancia y la adolescencia, una época muy débil (y a la vez muy poderosa), los niños y jóvenes se enfrentan constantemente a unos cánones sociales y de la imagen impuestos, contra los cuales es muy difícil luchar (también lo es para las personas adultas). Hay cánones que hemos establecido como «buenos», que no responden a los estándares de la mayoría y que no siempre responden a los mínimos saludables. Es por eso que pienso que, como personas adultas y, por lo tanto, también como  docentes, tenemos que saber trasladar al alumnado lo que es realmente importante y sano y lo que no lo es.

También tenemos que luchar contra aquella información que tienen al alcance con mucha facilidad y de manera muy frecuente, como por ejemplo a través de las redes sociales (que a veces pueden ser aliadas, estoy segura), y desmentir lo que les hace daño y lo que no es real.

Soy muy partidaria de que los niños y jóvenes puedan hacer una elección «libre». Creo que equivocarse es una forma de aprendizaje muy importante, pero la elección tiene que ser con el máximo de conocimiento para poder discernir la información verídica de la que no lo es. Nunca querría pintar una habitación azul si no sé que existe el azul (para bien y para mal).

Finalmente, creo que hace falta que les ayudemos a encontrar las herramientas para que puedan ser más felices y felices en la diversidad, y tenemos que conseguir que la salud, en todos los aspectos, se imponga a todo lo que es convencional o insano».

Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.
Publicación: 13 de Julio de 2022
Última modificación: 14 de Julio de 2022

Camil·la compagina la ciencia y la docencia, sus dos pasiones, en la Escola Daina Isard de Olesa de Montserrat. El curso pasado, una de sus alumnas inició un trastorno de la conducta alimentaria, que ha significado un largo proceso de tratamientos, ingresos en el hospital y largas ausencias de la escuela. Camil·la nos comparte cómo se ha vivido esta experiencia desde el centro educativo, cómo han acompañado a la adolescente en todo este camino, cómo han abordado el tema con ella y con el resto de la clase y cómo se han coordinado con el hospital para garantizar la continuidad de los estudios de la joven, a la vez que reflexiona sobre el papel de los maestros en la prevención de estos trastornos cada vez más comunes entre los chicos y chicas. Todo un reto para el cual el claustro “ha tenido que hacer un trabajo personal muy grande” y del que han sacado “una lección de vida junto a la familia y a los profesionales de la salud”.